CIENCIA Y LITERATURA

Wit, parodia y lenguaje: un texto busca integrar teorías científicas con formas de la literatura

En este ensayo, Magdalena Biota, traductora pública en inglés, y tesista doctoral en ciencias sociales y humanas, se pregunta por el lenguaje en el contexto de la experiencia verbal rioplatense


Ensayo sobre las formas lingüísticas en la tradición familiar

Magdalena Biota

Revista La Isla, 12/12/2020

Fuente: https://revistalaisla.com.ar/wit-parodia-y-lenguaje/

I

Tenía en la mano un martillo. Se había parado en el sillón para alcanzar una porción alta de la pared, quería colgar algo, un tapiz, un cuadro. Se bajó y limpió el sillón de las marcas de zapatillas.

—Nos queda la parodia como artificio—, dijo. En la otra mano, tenía un clavo. Uno de los dedos le sangraba un poco y el martillo le había dejado una marca en la uña. Hablaba desde la salvajada y tenía razón.

Le pregunté qué iba a colgar. No me contestó.

“Todas las explicaciones empíricas son ilusorias y no salen del círculo de los conocimientos inferiores, perceptibles a los sentidos”, pudo haber pensado, como hombre que reza sin atributos. Wit hablaba el rioplatense con los arrastres y silbidos tangueros del tío José y el abuelo Jorge. Había intentando unas cuantas veces clavar ese clavo. Todo se resumió en varios orificios en la pared blanca y su frustración.

Crátilo, exhalé.

Cuando leí a Platón, creí que su tratado sobre el lenguaje como problema era en realidad una teoría del conocimiento (y de la ignorancia). Todo queda trunco entre Sócrates, Hermógenes y Crátilo; no hay una respuesta a la pregunta de qué es el lenguaje. Sin embargo, subyace la tesis de que el lenguaje es un órgano de cognición (y de su imposibilidad). El lenguaje nos permite conocer la realidad y la vuelve elusiva. Sofistas, poetas y filósofos utilizan el lenguaje con eficacia: para establecer los temas de la polis, para construir los relatos míticos, para preguntarse de manera rigurosa qué son los objetos y las denominaciones. Realidad, convenciones y formas lingüísticas se entretejen en métodos. El lenguaje es el medio a partir del cual realidad, objetos y observación son construidos. La mediación entre la observación y lo observado. Y quien observa habita en sus objetos de observación.

El lenguaje es la casa del ser y en su morada habita lo humano, dice Heidegger. No existe realidad posible por fuera del lenguaje, asegura Wittgenstein.

—La imposibilidad es producto de las imprecisiones de la percepción y los fallos de la memoria.

Wit se preguntaba por las verdades que eran independientes de los sesgos de la opinión o del prejuicio, que eran más absolutas que cualquier otro conocimiento anterior (el artículo de Ana Legaspi lo explica en términos matemáticos, https://revistalaisla.com.ar/1382-2/ ).

II

En el principio, fue el verbo, y aunque la ciencia es atea, tiene fe en la cita autorizada.

Y si lo primero fue el verbo, no hay cosmos sin hablante, ni hay objetos sin lenguaje. Todo esto en un contexto histórico determinado. La dimensión intertextual, vinculada además al nombre de la divinidad, constituye la parodia del lenguaje a la que alude el Bhagavad-Gita hindú y los cabalistas. Humorada intelectual y escepticismo. La creación de objetos simbólicos capaces de refractar la experiencia del cosmos, a la vez totalizadora e impronunciable, remite a la creencia irracional en la relación mágica del nombre con la cosa.

Los escritores del romanticismo inglés (Coleridge, Wordsworth, Blake) pensaron un estado previo, no lingüístico, para la conciencia, en el que la capacidad perceptiva del mundo estaría disociada del velo que traía consigo la mediación lingüística. En “Songs of experience”, de Blake, el lenguaje no está inextricablemente vinculado al ser. Blake sostiene que el lenguaje humano (a diferencia de un estado puro de lenguaje, o de los estados poéticos y místicos) se reduce a una forma insuficiente de mediación. Alcanzar la visión de ese estado previo, sagrado, es la meta del poeta. En el poema “Kubla Khan or a vision in a dream”, Coleridge retoma este tópico, cuya genealogía podría remontarse a la tradición hindú y aparece también en autores argentinos. Wordsworth, en The Excursion, por ejemplo, explica que la mente es un órgano cerebral regido por el influjo de los líquidos y el lenguaje (sic).

En “Yzur”, de Leopoldo Lugones (Las fuerzas extrañas, 1906), el narrador sostiene la improbable teoría de que los naturales de Java atribuían la falta de lenguaje en los monos a la abstención, no a la incapacidad.

Cada vez que lo veía avanzar en dos pies, con las manos a la espalda para conservar el equilibrio, y su aspecto de marinero borracho, la convicción de su humanidad detenida se vigorizaba en mí.

Basta recordar que el lenguaje del idiota es también rudimentario, a pesar de lo cual hay cretinos que pronuncian algunas palabras.

Su cientificismo expresa las convicciones de una clase y la de sus intelectuales, que apelaron al artilugio del lenguaje para ejercer el desprecio por su propia humanidad.

III

Lo oculto se manifiesta en la luz proyectada. En el habla. En experiencia que se multiplica en lenguas, en palabras. Ocurre al orbitar en el ombligo del mundo. Mareas. Naufragios. Comunicar lo inasible: su dominio siempre nos elude. Ése es el lenguaje, como la casa que habito. Hay un misterio y ese misterio me nutre.

El lenguaje de mi familia, como si fuera especial. Es un lenguaje con una singularidad. El humor de mi abuelo. El laconismo de mi tía, que heredé casi sin alteraciones. La verborragia de mi vieja. La violencia y la ternura de mi viejo, que se agazapa con la dualidad de una moneda en cada una de mis palabras. Los chistes que no nos dan gracia, como la marca social de nuestro clan. El tono de voz de las mujeres de la familia materna: mi bisabuela, mi abuela, las hermanas de mi abuela, mi vieja, sus primas. Las formas de la tía Rosa en Rosita, de Juana en Juanita, de Diana, Viviana, Liliana, Eliana, Cristina, Delfina. Las primas Gallo como actualización de las voces del tío Pinoto, ahí donde, en la rama paterna, la masculinización de la mujer se vuelve cristalina y necesaria.

¿Cómo aprendimos a asignar valor a ciertos símbolos y gestos? El lenguaje como territorio. Las variaciones según una apropiación provisoria y al mismo tiempo trascendente. Por generaciones, por momentos vitales, patrones que se repiten tejiendo matices. El rioplatense, sus arrastres y silbidos. La tía Minga con su provincialismo de señora estirada de campo que juega a la canasta tomando té-de-las-cinco. Tacheros, colectiveros, sastres. Y los poetas con nombre y apellido italiano, escritores de artículos científicos en la revista de la universidad, allá por los años del mayo francés.

¿Qué es esa lengua que heredo? La poesía de Rosita en los setenta, su militancia que incomoda la quietud de un pueblo agro-ganadero. Los lenguajes artísticos; las actrices, las cantantes. Un poder corre por esos surcos y traslada los semas donde se narran todas las transformaciones. El poder por efecto de una búsqueda de conocimiento, de no querer ser indiferente a los asuntos de la polis, una especie de Brahmanismo subterráneo y sólido, tan sólido como evanescente. Desde las plazas públicas al aislamiento introspectivo de la observación, la meditación y la lectura. Sístole y diástole para expresar la diferencia.

En el altillo, la biblioteca reunía libros, revistas, y una colección de discos y películas. Cuando tenía siete años, mi tía me enseñó a organizarla en fichas, describir las colecciones en catálogos. Después jugábamos a la bibliotecaria y la lectora, que pedía en préstamo algún ejemplar de Paulo Freire o Rosa Luxemburgo, o la biblia tercermundista, traducida al lenguaje de los barrios, de los comedores y los hogares de día donde mi tía era trabajadora social. La idealización y un estado mediando. La colección de Julio Verne de tapas rojas, de consulta exclusivamente en sala. En el sótano, para las conservas, sólo permanecía el agua de las napas, filtrada a través del cemento. El agua, la emoción y el misterio desbordado siempre hacia arriba, hacia lo intangible, corroía los planes idealizados; a veces, ablandaba la tierra, amoldándola a las formas de los sueños.

Política, sex humor y pedagogía de la revolución fueron las marcas de mi infancia. Y si la biblia nutría con la moral del sacrificio, también sembraba la reivindicación colectiva, la denuncia a la opresión del imperio, la necesidad de instaurar un nuevo orden basado en los lazos sociales. Eso que llamaron demagogia, a veces, semilla de fascismo, de autoritarismo. Secretamente, junto con ese sistema, otra red simbólica construía significados asociados al amor y a la anarquía, las preguntas existenciales sobre la necesidad de asumir la plena conciencia del ser.

Limpiando la pieza, al dar la vuelta, me acerqué al sillón. ¿Lo había limpiado? No podía recordarlo. Esos movimientos son habituales e inconscientes. Si lo había limpiado, ya no podía acordarme y tenía la impresión de que ya no podría hacerlo. Si lo limpié y me olvidé, lo hice inconscientemente. Entonces es como si no lo hubiera hecho. Si alguien consciente me hubiera visto, se podría restituir el gesto. Pero nadie me vio o lo vio inconscientemente. Si toda la vida compleja de tanta gente se desarrolla inconscientemente, es como si esa vida no hubiera existido, Tolstoi anotó en su diario. Lo leí citado por Shklovski en el “Arte como artificio”.